sábado

Todo lo solo


hay algo alguien que se le ha muerto, la imagen, toda la imagen de la antigüedad, entonces es cuando siente que adopta todas las formas y planta los desprecios en la tarde ahuecadora,
todo lo solo que le corresponde, todo lo ausente,
esquina de pueblo enmohecido, fotografía derruida en blanco y negro,
los planos totales del metanálisis  son la deshumanización otorgada a su búsqueda, la que sonríe porque sonríe;
sí, planta puñales con claveles dentro de las naves sin herida,
aroma de infancia ─la pólvora, el retorno mutilado de los soldaditos, grandes épicas batallas eternas─,
esconde todo entre la altura de los tallos infinitos de los claveles, honra a la muerte de la historia, que lo doblan en importancia y relato poético;
todo lo solo que le corresponde, dice, y vibran todas las materias todas porque corresponden;

no dice, patea abstracciones, pero no tiene edad angular, tampoco medida cartográfica ni fórmula estética,
no dice, ahora, rearticulación, porque toda acción corresponde a las leyes universales de Newton, así como toda caída que describe espirales de ceniza, como aquel que llama a su pasado desde el futuro innominado adentro, muy adentro suyo en recorridos de atleta en circunferencias potenciales:
la acción se puebla de acción ─dice─ y se hiere toda la idea, violentamente, con el doble filo de la ausencia;
ve, entonces, cómo las banderas se colonizan de alas con luto sobre las golondrinas, es decir, hace canto, hórrido canto, del leño caído, del roble antiguo, porque le duelen los siglos que se pudren en la inmovilidad: una imagen repitiéndose, progresando en alturas de pasado, lentamente, cayendo sin peso, con todo el albedrío sinuoso y caliente de los días sin sombra ─aquello que se destiñe de nauseas en un altar pornográfico─, una imagen reventándose en panales de hiel, sonoridad de siglo gimiendo, como si aquello afectase todo lo solo,

todo lo solo,

todo lo solo que rearticula a vivo gesto,
ignora ante todo, pero intuye su propia verticalidad ausente;

esparciéndose en los límites, delimitando sin tiempo y sin prisa, es que encuentra los caminos entremedio del sonido, que le ruge, que le desparrama los sentidos sobre sí mismo, como dos hechos que se funden y crean realidades con axiomas falaces

(─los cantos, todos los cantos de todas las aves son lo mismo, una sola lengua infinita que envuelve larvariamente, o sea, desde adentro hacia afuera, o sea, como flor de higo floreciendo─);

hay alguien algo que se le muere con todo y viaje inexplorado, tristeza terrible del que está postrado de la mente, amplias lagunas de atardecer,
los reflejos en la tierra mojada sin sexo, porque incluso los árboles guardan su sexo adentro de él, adentro de los hombres,
pero ya no es su problema el luto, aquello que desfigura siluetas orgánicamente, tampoco lo es,
no, no, tampoco, no es evidente, porque ya no es situación de otoño y todo se le ha vuelto podredumbre en el espíritu que se torna, doblando las melancolías como ganchitos débiles de duraznero, hacia adentro, hacia la sangre que se le sale cuando camina dejando huellas de agua en los rastros de los regadíos poblados de amarillos resquebrajados;

entonces, ¿qué dice?,

porque dice algo, pero no lo nombra, escribe futuro sin serlo y sin nombrarlo, repite círculos que se están redibujando fuera de todo plano aun cuando entiende que lo mojado que carga oscila sin pulso constante: inamovilidad del instante etéreo;

pero ¿qué sucede? ¿qué es lo que sucede? es decir  lo que calla  lo totalitario  es lo otro que está en otro lado

es otro el silencio

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